Como ocurre con toda banda que se adelanta a su tiempo, el mundo no estaba preparado para recibir a New York Dolls cuando éstos decidieron cambiar las alcantarillas neoyorquinas por los escenarios a finales de 1971. Frente al peligroso crecimiento del AOR y de las perniciosas erupciones sinfónicas, Johnny Thunders, Billy Murcia, David Johansen, Arthur Kane y Rick Rivets (sustituido en 1972 por Sylvain Sylvain) optaron por ofrecer su propia visión de cómo debería sonar el rock tras una noche de lujuria con todos los excesos posibles. Y si hay un disco que pueda resumir en menos de cuarenta minutos el espíritu vicioso, barriobajero, sudoroso y patibulario de la música negra, ése es "New York Dolls", obra que, de tan visionaria, llevó a sus creadores a la separación tras un segundo álbum de título profético: "Too Much Too Soon" (1974). Demasiado pronto. Demasiado bueno. Tras la muerte por sobredosis del batería Billy Murcia en noviembre de 1972 (reemplazado por...
The Kinks fueron la banda más original de cuantas pisaron suelo británico durante la década de los sesenta. Mientras las listas enloquecían a ritmo de rhythm´n'blues, los hermanos Davies supieron asimilar ese nuevo sonido y salpimentarlo con una concepción musical que abrazaba el pop aguerrido, el music hall y el pub-rock primitivo. En este sentido, puede que la acumulación de singles hagan de "The Kinks Kontroversy"(1965) o "Something Else By The Kinks"(1967) obras más populares. Pero si de lo que se trata es de delimitar la más brillante colección de canciones que ha salido de la pluma de Ray Davies, la mirada debe dirigirse hacia "Face To Face", lo más parecido al "Revolver" de los londinenses y el disco con que The Kinks hicieron del pop algo superlativo. Concebido como un álbum conceptual sobre las pérdidas —sobre todo las del amor—, este trabajo de Ray y Dave Davies, Mick Avory y Peter Quaife toma el inquieto teclear de Nicky Hop...
Ocurrió en Madrid. Una mañana de 1912 irrumpió en el taller del constructor de guitarras Manuel Ramírez un muchacho de aspecto extravagante. Era alto y flaco. Llevaba lentes gordas y redondas con monturas de concha, corbata que caía en cascadas, chaleco de terciopelo negro cerrado hasta el cuello con botones de plata, americana gris cruzada, pantalones a rayas, zapatos de charol y, en la mano, un recio bastón para defender su facha, según iba a reconocer él mismo muchos años más tarde. Al verlo, Ramírez no pudo contener la sonrisa. El muchacho del bastón fingió no darse cuenta y pidió algo que nunca nadie le había solicitado a Manuel Ramírez, ni osaron pedirle jamás al fundador de la dinastía, José Ramírez I (1858-1923), ni le encargarían después a José Ramírez ni a José Ramírez III, ni a José Ramírez IV, ni a Amalia Ramírez (1955). El muchacho quería que le alquilasen una guitarra para una tarde. Y sólo para un concierto, después la devolvería. Ramírez decidió seguirle la corri...
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